jueves, 24 de mayo de 2018

Dignas, pero de pie

El ómnibus se detuvo cuando nos vio caminando apresuradamente; no podíamos correr. Todavía estábamos lejos. Mi hija empujaba el cochecito de su recién nacida y yo llevaba de la mano al nieto, recién salido de la piscina; dos mujeres, una más joven que la otra, con niños pequeños. Era lo normal en un país sajón. Allí, para bajarse del ómnibus se espera llegar a la parada. Ningún pasajero cae encima del otro, como en el sur. No me sentí vulnerable. Sentí que se respetaba mis derechos.
 Hace días leí en Facebook una discusión a partir del pedido que hacía un anuncio feminista a los hombres de no cederle el asiento a las mujeres. Le enseñaba a los hombres que “El acto de ceder el lugar a una mujer que no es anciana, ni está embarazada, revela que inconscientemente creemos que la mujer se cansa más que el hombre por su naturaleza inferior. No es un acto de caballerosidad”. Freud hubiera celebrado esa directa revelación del inconsciente; pero estoy segura de que él también se levantaba de la silla ante una mujer y quizás hasta ayudaba a sus pacientes a quitarse el abrigo., pero el lente feminista para evidenciar de manera sorprendente los implícitos.
Me sorprende que las jóvenes disfruten quedarse paradas mientras los machos miran sus celulares o duermen en el ómnibus. Ellos llegarán descansados a su casa para mirar el partido de fútbol mientras ellas, apuraditas, hacen la comida, o les ceban el mate y se sentirán más fuertes que nunca.
Los manuales, incluso los más modernos, piden que se ceda el puesto a las mujeres, los niños y los ancianos: edades extremas y sexo, o simplemente ancianos asexuados e inservibles, según los implícitos de arriba.
En las enseñanzas feministas, a mi modo de ver equivocadas, como la que cito,  se olvida que todavía hoy el sentarse es un símbolo de dominación. El gobernante se sienta, y lo hace también el huésped de un restaurant mientras el que sirve se mantiene de pie. El trono y la silla presidencial están diseñados para que el mandatario esté sentado. Tomar asiento es un privilegio. Por ello el empleado espera a que el jefe lo invite a sentarse. En los eventos públicos, los asientos más caros son los que permiten sentarse. Los asientos de pie son más baratos. Elegir el asiento está reservado a la persona de mayor nivel. Es por ello que cederle el asiento a una “dama” (con todas las connotaciones) se considera una amabilidad, no porque sea débil sino porque, en ese juego que es la cortesía, la mujer es superior al hombre. De ahí que sea a ella también a quien se le presente el extraño, en el saludo, antes que a su marido. Es de buena educación ofrecerle el asiento al invitado, a una persona de estatus social más alto, o a una persona vulnerable. Esto último no daña ni al que lo cede, ni al que lo acepta. En mi opinión, hay un contrato social que tiende a la preservación de la armonía.  La desigualdad de género es una omisión en la aplicación del contrato social. Desestima la igualdad ante la ley, donde solo nos diferenciamos por nuestros talentos y virtudes.
El poder no es solo el que da la fuerza bruta o el dinero. También hay formas de poder que provienen de la educación, de las relaciones sociales, y del prestigio adquirido por nuestro hacer. En la distinción, a lo Bourdieu, cabemos los que trabajamos con la palabra, los creadores, los artistas; pero también los chefs, los chocolatiers, los ebanistas, los inventores, los criadores de caballos de carrera, o de reses de campeonato.
Me pregunto entonces: ¿hay que cederle el poder al más fuerte porque puede estar más cansado? ¿Y si está más cansado, qué hizo para estarlo? Las mujeres traemos niños al mundo, y cuando no, tenemos las dolencias de la luna. Ellos no. Yo sonrío agradecida si me dan el asiento porque entiendo que lo merezco. También requiero que me lleven las bolsas del mercado, porque mis senos y mi mayor propensión a la osteoporosis que me da la dicha de ser mujer, me lo reclaman.
En Big breasts and wide hips, Mo Yan narra cómo en China a las hermanas del varón las mandan a trabajar, incluso en los burdeles, mientras su hermano se alimenta de la leche de la única cabra de la familia. En algunos países todavía las matan a pedradas y las obligan a esconderse bajo un velo, para no mencionar las ablaciones de que son objeto.
 La situación de las mujeres en occidente no llega, posiblemente, a esos niveles. Sin embargo, en muchos países de este lado del mundo todavía las mujeres no ganan lo mismo que los hombres. Tampoco se les concede un tiempo de recuperación después del nacimiento de sus hijos. Pensar en un año de permiso maternal es todavía un deseo incumplido.
 Todavía no están extendidos los robots que hagan las labores del hogar que representan una carga para las mujeres, a falta de parejas masculinas “liberadas”, que a mi modo de ver no llegarán a ser “lo natural”, como decían mis abuelas. No niego que hay labores que, si se hacen con placer, son buenas para el espíritu.
Todavía no hay lugar para todos en los ómnibus, ni éstos llegan en hora, ni con frecuencia. Sus conductores (hombres o mujeres) todavía no se detienen suavemente en las veredas para que no tropecemos al bajar. Cuando llegue ese día, quizás, sienta que el jovencito o el ejecutivo no deban levantar la mirada de su teléfono celular y cederme su puesto.
Mientras tanto, creo que las mujeres estamos negociando mal. Al fin y al cabo, la cortesía es también parte del contrato social. Si no exijo que me cedan el lugar porque soy mujer, estoy cediendo antes de tiempo también esa prerrogativa, antes de recibir lo que todavía no se me ha otorgado: la igualdad de los derechos civiles para toda la población.

miércoles, 9 de mayo de 2018

A flor de ti la sonrisa

“Estoy muy feliz”, era el mensaje de su whatsapp. La carita mostraba una sonrisa pícara.
Todo está bien entonces, me dije. Los latinoamericanos relacionamos la sonrisa con la felicidad.

Pero esto no es universal. En Indonesia, la sonrisa no solo corresponde a la felicidad, como lo mostraron aquellas intercambiadas en 2002 por un terrorista que había causado numerosas víctimas con una bomba, y sus captores. Éstos querían mostrarle al público que estaban respetando los derechos del prisionero, y el terrorista simplemente retornaba las sonrisas.  Los diarios del país no registraron nada en particular, salvo el escándalo que había ocasionado en occidente, que interpretaba lazos inexplicables entre el criminal y la policía.
Imagen: Duke University Repository

La sonrisa no  ha sido comprendida siempre de la misma forma. Los ingleses de la era victoriana la consideraban indecente, incluso violenta, dice el estudioso de la sonrisa en la pintura, Angus Trumble. La sonrisa aparece poco en cuadros de la época, no solo porque los dientes son difíciles de representar, sino porque la gente tenía muy mala dentadura.

Lo mismo ocurre en las fotografías. Se recuerda la sonrisa de Franklin Delano Roosevelt, pero menos la de sus antecesores en la presidencia de los Estados Unidos quienes, si bien habían tenido buenos dientes en su juventud, no los habían conservado por mucho tiempo. La odontología estética estaba poco desarrollada.

Se han gastado muchas páginas describiendo la misteriosa sonrisa de  Mona Lisa. Según Trumble, el enigma es más sencillo de lo que parece. Lisa Gherardesca era la joven esposa de Francesco del Giocondo. El cuadro se inscribe en la tradición de los llamados retratos de matrimonio,  y el tema está tratado con el debido decoro,  sin dejar de jugar con el apellido del marido, que significa ‘contento’ o  ‘feliz’.

Hay indudablemente muchos tipos de sonrisa: la sonrisa socarrona, la sonrisa irónica, la sonrisa seductora; ellas apuntan a la voluntad de exhibir una expresión, más que al sentimiento. El foco está puesto en el otro y no en uno mismo, como si la cámara mostrara no nuestra sonrisa, sino el efecto que esta produce. A veces sonreímos obedeciendo a la necesidad de ocultar nuestros sentimientos. En una época complicada, una psicóloga me hizo ver que yo le podía contar  sonriendo  los momentos más infelices de mi vida.

Recuerdo algunos años atrás cuando por primera vez caminaba Montevideo. Era el fin de la dictadura.  Me sorprendían las caras largas, deprimidas. Los ojos miraban al piso. Yo venía del Caribe, de un país que en ese entonces era feliz. Habíamos vivido en democracia desde hacía años y nos sentíamos seguros del futuro. Cuando todavía encuentro caras así, me digo, ¿no hay nada que los haga sonreír? A veces sonrío  y recibo una sonrisa de respuesta.

Cuando se sonríe se produce un enganche de lo conocido, de esperanza, de seguridad en el hoy, quizás aún en el mañana. Eso es lo interesante: la relación expresión facial y la emoción. A partir de los experimentos con monos, el  investigador italiano  Rizzolatti  notó que había un sistema reflejo que hacía que éstos imitaran la expresión que veían en las personas que los cuidaban.

El mismo comportamiento se ha estudiado en los humanos. Uno de los expertos en expresiones faciales, Paul Ekman, observó en los años ochenta que él y su equipo se sentían muy mal cuando hacían gestos que expresaban tristeza y desesperación. De la misma manera, cuando vemos sonreír a alguien y correspondemos, incluso interiormente, a su sonrisa, nos sentimos mejor. La sonrisa genera una serie de respuestas en nuestro sistema nervioso que nos acerca al otro. Al parecer, las neuronas espejo son las responsables de crear empatía, es decir, de replicar el sentimiento que observamos.

La sonrisa sincera y amable muestra buena voluntad entre quienes se encuentran e intercambian una comunicación. En cierto modo, la sonrisa le muestra a los demás que estamos felices y seguros de nosotros. Señala que pisamos terreno conocido.  Si sonreímos, nos convencemos de que estamos bien. Doble ganancia, le aseguramos a los demás de que el terreno es firme y nos aseguramos de que estamos en control de la situación.

 Dale Carnegie tiene el  sonreír como uno de los principios de su famoso libro “Cómo ganar amigos e influir sobre las personas”, pero recomienda una sonrisa franca y  genuina, no una sonrisa postiza. Según el autor, la sonrisa es la manera más fácil de hacer una buena impresión: no lo es ni el vestido, ni el peinado, ni las alhajas. Es la actitud, lo que hace que tengamos enganche o rapport.

Cuando alguien comienza a reír en un ómnibus, o en un auto,  contagia a los demás. Lo hacen los payasos que hacen reír a los niños en los hospitales, porque los relaja de las preocupaciones y de sus miedos. Los miedos se relacionan con el caos, con las situaciones desconocidas. Lo conocido nos hace sonreír y nos genera confianza.

Si no tienes ganas de sonreír, simplemente sonríe, dice Carnegie. Al regular la acción también se regula la voluntad y el sentimiento que va con ella. Debes disfrutar de conocer gente si quieres que ellos disfruten estar contigo. (You must have a good time meeting people if you expect them to have a good time with you). A instancias de Carnegie, un ejecutivo que tenía fama de malhumorado decidió un día mirarse al espejo y sonreír: lo hizo al desayunar con su mujer que no solo se sorprendió sino que quedó desconcertada, impresionada, por la nueva imagen de su marido.

Los chinos dicen que un hombre sin una sonrisa en los labios no debe abrir un negocio. Lo mismo puede aplicarse a todo aquél que quiera tratar con los demás, tanto en el trabajo, como en la calle y en el hogar. No puedo dejar de recordar las “Coplas al amor viajero” de Andrés Eloy Blanco: “Ya pasaste por mi casa, a flor de ti la sonrisa. Fuiste un ensueño de gasa, fuiste una gasa en la brisa”.



lunes, 23 de abril de 2018

Incomunicación

Los veo en el viejo mercado agrícola. Él, cuarentón, de pelo entrecano, buen físico. Ella, de pelo negro, lindos dientes, bella sonrisa. Cita interesante, me digo, aunque sea mediodía.
Mientras pedimos unas cervezas artesanales y un fainá, una especie de panqueca de garbanzo heredera de la farinata genovesa y  crocante porque es  “de orilla”, y discutimos si la figazza engorda o no, me desentiendo de la novelita de la mesa vecina. Ahora, al primer sorbo, vuelvo a mirar.
Me desencanto: Ella escribe algo en el celular, él oye un mensaje. “The thrill is gone” diría BB King. Mi amiga Carmen Luisa explicaría que el “enganche” del discurso se interrumpió;  Deborah Tannen, suspiraría: ya no hay rapport.
Me ocurre cada vez que veo que los celulares están puestos sobre la mesa como las pistolas del lejano oeste, prestos para tirar del gatillo. O cada vez que el visitante esperado, sea hijo, nieto o amigo, se  arrellana  en el sofá y saca el arma de la comunicación.
La pistola de Motorola que se cierra como un celular
Se acaba la emoción, la tensión necesaria para el acercamiento. La mirada se desvía de los ojos del otro y con ello se cierra la compuerta del fluir discursivo. Mi marido me mira desde el sillón, desconcertado. La conversación se vuelve entrecortada, distraída. La emoción del toma y daca se acaba. Las pausas sustituyen a la respuesta ágil y divertida. La sonrisa atontada se pega cual máscara de goma en la cara del visitante.
Hay normas legales: no debe prenderse el celular en los hospitales. Se podría dañar, con las ondas del teléfono, los aparatos de uso clínico, además de ser agentes de contaminación bacteriana, lo cual no nos concierne aquí.  En los aviones se podrían producir interferencias electrónicas o electromagnéticas durante el viaje. En general, los aparatos tienen la forma “modo de vuelo” para evitar accidentes aéreos. En los automóviles hay maneras de comunicarse a través de una instalación a propósito, de modo que el conductor pueda hablar sin poner en peligro el tránsito.
En 2007 se creó el concepto del “phubbing”, (de “snubbing” ‘menospreciar’ y “phone” ‘teléfono’) para el hecho de ignorar a la persona con la que se está conversando por mirar, aunque sea rápidamente, los mensajes o redes sociales. Alfredo Avalos (@Vive_USA) ha señalado que los psicólogos indican que se puede dañar las relaciones interpersonales porque se interrumpe la interacción de persona a persona. La gente encuentra que la conversación fue menos satisfactoria, y se siente menos conectada. Las víctimas del phubbing se sienten aislados y con baja autoestima.
Los manuales de cortesía más actualizados -antes no había celulares- prohíben su uso en los teatros o en las salas de concierto, en el templo y en las funerarias y cementerios. Asimismo, proscriben el uso de los mismos desde el momento en que se entra en la casa o en la oficina del visitado.
Hay emergencias, claro está. En ese caso, debería anunciarse que hay un hijo enfermo  o que un pariente está a punto de cruzar la frontera a pie. En estos casos, debe ponerse el teléfono en vibración y, cuando entre la llamada, levantarse e ir hacia algún lugar donde no moleste a los demás con su conversación. Es de rigor hablar en voz baja.
Si no se espera una comunicación urgente, no hay excusa para sacar el teléfono, o para atenderlo si se nos olvidó apagarlo. Sobra mencionar que cualquier otro uso del celular, para revisar el correo, mirar las redes sociales o jugar juegos en la casa o la oficina del visitado es de mal gusto.
Los encuentros son intercambios de comunicación, pero también de energías y afectos.  Si valoramos la interacción que se produce en ellos, tratemos de mantener la tensión mientras ocurre, aunque se acorte la visita si tenemos algo pendiente, pero no hagamos de ella un episodio desabrido y desleído. Disfrutemos de los amigos cuando estemos con ellos.

lunes, 16 de abril de 2018

De regalos

El regalo es un don, algo que se le da a otro para testimoniar un nexo, celebrar algo, darle gusto a quien lo recibe. Los regalos forman parte de nuestros rituales cotidianos. Pertenecen a los  cumpleaños y a las festividades. También se dan en ocasiones más comunes, como las visitas o  como agradecimiento por algo que lo amerite.
Un regalo supone la voluntad de darlo, pero también la de recibirlo. En  teoría,  el don es el  acercamiento del otro que el receptor permite, con agrado. Es la celebración del otro a través de algo simbólico. También enaltece la imagen de quien regala. El ramo de rosas gusta a la mujer y hace quedar bien al hombre que se las ofrece.
El regalo mismo debe ser adecuado en cuanto a sus características. Cuando se regala algo hay que pensar en la persona que lo recibe, en sus gustos. Si la persona lee, es adecuado regalarle un libro. ¿Cuál? Uno que se adecue a sus preferencias de lectura. A una lectora de literatura no le podemos regalar una novelita rosa;  la  de libros de detectives seguramente ya habrá leído a Agatha Christie, aunque quizás no la última novela negra sueca.  Si la persona no lee ni  escribe nada es inútil regalarle ni bolígrafos ni cuadernos de notas.
Siempre son regalos adecuados las flores y los bombones.
Un problema es el costo del regalo. Si bien vale un pequeño esfuerzo de nuestra parte comprar un regalo, éste no debe ser excesivamente caro, ni valer sólo por lo que cuesta. Regalar algo original comprado en un viaje, o un recuerdo del país de origen de quien regala, o alguna artesanía original genera interés. Una estampa, o un grabado son regalos apropiados porque indican que la persona se ha tomado el trabajo de pensar el regalo.
Un regalo costoso se convierte en un problema para su receptor. Que un esposo millonario quiera regalarle un collar a la esposa, es apropiado siempre y cuando ella lo reciba con gusto. Un regalo caro tiende a entenderse como una compra encubierta, por lo que no todo el mundo debe ni quiere recibirlo.
Cuando daba clases en la universidad, recibí un regalo que me encantó: era un bolso pequeño de cuero estilo mochila. Lo acepté con gusto. Luego vinieron otros obsequios de quesos artesanales, que no costaban demasiado. Pero un día me ofrecieron algo que no podía aceptar porque el precio y el volumen del regalo eran excesivos y  lo rechacé.  Era un cargamento de langostinos que costaba una fortuna. Esto causó un desagrado en la persona oferente, pero en algún momento había que detener la lluvia de regalos. Era algo que no correspondía aceptar.  Además, habría tenido que organizar una boda para comerlos.
En otra oportunidad, un alumno cuya tesis festejábamos me ofreció, en el almuerzo al que me había invitado, un fajo de billetes que superaban mi sueldo mensual. Lo rechacé amablemente y le pedí que le comprara libros a sus hijos; sabía que hacía un enorme esfuerzo por darme dinero, pero era inapropiado porque era un pago. Aún si los profesores universitarios no cobramos nada adicional por tutorar una tesis, no es correcto recibir nada que supere una mera atención.
Además, cuando recibimos un regalo mayor de lo que permitirían nuestras posibilidades retribuirlo, se nos pone en una situación de minusvalía. En estas  ocasiones, el regalo ofende. Carreño decía que los dones a las personas de servicio se hacían a través de los niños, para que pasaran desapercibidos.
Otra variable lo constituyen las personas involucradas en el regalo. Los regalos entre pares no tienen mayor dificultad, sobre todo si se trata de amigos. Lo que vale es la solidaridad entre la persona que regala y quien recibe el regalo.  Se complica el asunto cuando ambos están en posiciones de poder diferentes.
El jefe puede regalarle algo a la secretaría siempre que no exceda un costo adecuado. Puede ser un recuerdo de viaje, o unos bombones. Si trae perfumes a todas las secretarias de la oficina, bien. Si es a una sola, puede levantar suspicacias innecesarias.  El subordinado, en cambio,  no debería darle regalos al jefe salvo que no sea un dulce o un pastel hecho en casa. Se puede interpretar fácilmente como un soborno y crear conflictos. Es suficiente con que el empleado haga bien su trabajo.
La oportunidad del regalo es también importante. No corresponde a una alumna darle un perfume caro a su tutora mientras la está ayudando con su tesis. Una  colonia común es aceptable, pero no un perfume de Dior, aunque sea fantástico y llore por no poderlo recibir. Sobre todo, no mientras el proceso de aprendizaje esté inconcluso . Si después que termine y estén festejando en grupo, llega la cajita de perfume, está bien recibirla. Ya no hay ofensa posible. Pero no puede recibirla como  pago de cada hora de atención.
El tiempo histórico cuenta. En una ocasión recibí un regalo de alguien que había sido amigo, pero que ahora pertenecía a campos políticos diferentes. Para mi fue como para una judía en un campo de concentración recibir el regalo de un oficial de la SS. Lo mandó con alguien que viajaba,  a pesar de mi renuencia y de las protestas que le hice a todos los intermediarios.
Afortunadamente cuando lo recibí estaba en un café rodeada de gente.  Dada las circunstancias, los presentes  y la pobre emisaria que había venido del frío, soporté la afrenta como una cachetada.  Hubiera sido regalo perfecto si hubiera habido coherencia. Era adecuado a la persona, correspondía a mis gustos (de hecho, eran mis bombones preferidos), no ocupaba espacio, no sobrepasaba el valor de un obsequio. Estaba de acuerdo con las buenas costumbres,  pero no al contexto de horror que nos rodeaba. Era tan exquisito y a la vez tan simple que  lo ofrecí a los presentes. Estaban fascinados, pues en el país esos dulces ya no se veían. Se los comieron todos y me alegré. Para ese momento, yo  ya pisaba el terreno de la desobediencia civil.
Con el regalo dejamos que el otro entre en nuestro territorio. Es algo que aceptamos tener en nuestra casa. No siempre nos sentimos cómodos recibiendo el regalo de alguien.  Si bien los manuales dicen que hay que aceptar los regalos, se refieren a casos en que no hay ofensa posible. Si el regalo es pobre pero hecho con buena intención, no hay excusa.
Si el regalo es un objeto que no es de nuestro estilo, no hay más remedio que aceptarlo y agradecerlo sonrientes. El perro siempre nos puede hacer el favor de tirarlo al piso. Si es el buzo tejido por la abuelita,  el gato puede hacer su trabajo.
Pero no siempre es así. En mi opinión es nuestra libertad decidir si queremos aceptarlo, si nos parece apropiado, y si nos causa placer.

(La imagen es de @pexelsPhotos)


martes, 10 de abril de 2018

El saludo o "Why does he ask you how?"

Camino por el parque, de noche, hacia casa. Veo desde lejos la silueta de un hombre. Me asusto un poco, pero lo miro y  digo:— “Buenas noches”. Él me retorna el saludo. Me doy cuenta de que he actuado por un instinto ancestral. Quería estar segura de que no era un enemigo y de no iba a atacarme.
El saludo era la señal de paz entre dos personas. Era la bandera blanca en la guerra, el ¡Howgh! de los indígenas en las películas de John Wayne cuando se acerca en "La gran jornada" usando  la señal indígena / the indian sign, para que dejen pasar a los colonos. O cuando los niños perdidos de Peter Pan preguntan “What makes the red man red, why does he ask you how?” / ¿Qué hace rojo al hombre rojo?, ¿por qué te pregunta cómo?
En los libros de etiqueta no se saluda a todo el mundo. Mi gesto ante el desconocido fue totalmente inapropiado. Las damas (sin especificar si se trata de casadas o solteras)  no deben siquiera saludar con inclinación de cabeza  a alguien que hubieran conversado o con quien hubieran bailado en una fiesta en casa de amigos, y que no les hubiera sido expresamente presentado, porque no se considera como parte de sus conocidos.
Solo cuando hay una presentación formal, en la que el presentador  ha evaluado previamente si el presentado es digno de serlo, se puede saludar en el próximo encuentro. Muchos años después entiendo por qué, cuando comíamos con amigas en la cafetería de una universidad americana y conversábamos con alguien, podíamos encontrar a esa persona en las caminerías al día siguiente y no nos miraba siquiera. Al parecer una  charla amigable no era suficiente para considerarse conocidos.
Saludos hay de estilos distintos. Los hay  formales: todavía hoy en ciertos círculos diplomáticos se conoce el besamanos, es decir, el beso del caballero al dorso de la mano de la dama,  o la  reverencia en la iglesia en señal de respeto, o la de los actores en el teatro y del músico en el concierto, para agradecer los aplausos del público. En Japón y Corea la reverencia es la forma de saludo habitual, y se usa incluso entre miembros de la familia.
Levantar la visera de los yelmos era  señal de que los señores feudales querían conversar; levantar el sombrero los caballeros ante las damas, una señal de respeto. Por la vecindad del sombrero con la cabeza, significaba poco más o menos que quitarse la cabeza ante el otro. También valía tocar levemente el borde del sombrero, pero esto no se consideraba muy cortés.
Degradación del saludo del imperio romano con el brazo extendido, a veces en ángulo, era el tieso saludo fascista que se hacía con el brazo extendido hacia adelante.
Un saludo apropiado mundialmente es la  simple inclinación de cabeza, cuando se reconoce a alguien en el mismo salón, o el estrechar la mano del otro en el encuentro político o empresarial. Este es el más difundido en occidente. No lo es, sin embargo, atravesar planeando el salón para saludar a alguien que está del otro lado del mismo: lo exagerado no va.  La etiqueta empresarial exige que se practique el apretón de manos, de modo de no hacerlo ni rompehuesos, ni tan suave que transmita poca energía, como si la mano fuera un flan.
También  hay  besos.  Desde el beso en la boca de los rusos, o en la mejilla, o la simulación de este con un simple “cheek to cheek”, muy expandido cuando quienes saludan son mujeres, o se saluda a una mujer. En el sur de Latinoamérica, el beso, acompañado de un abrazo a la cabeza del otro, o de una palmada en la espalda, es un saludo masculino.  Está muy expandido desde hace algunos años, aunque la vieja generación lo reduce a un saludo de los nietos a los abuelos, o de los hijos a los padres. Mi madre, cuando vieja, me decía: ¡A mi nunca me habían besado tanto!
En Caracas se conoce la simple palmada en la espalda, con mucho menos encuentro de piel. Lo recuerdo entre los mayores de la familia. Daba la impresión que era apenas un leve toque desabrido, porque tampoco se permitían efusividades mayores. En los Andes venezolanos, en cambio, me reprochaban no saludar con abrazos. El cheek to cheek no era suficiente.
Hay saludos secretos, como los masones, que le revelan al otro (y gracias a la fotografía, también a los observadores) el nivel del saludante. Entre los adolescentes se practican asimismo saludos gregarios. Juan, mi nieto, me ha enseñado varios muy complicados. Imitar los saludos de los jóvenes puede llevar a malentendidos. César, mi sobrino, entró una vez a casa y lo recibí con el saludo de moda: “¿Qué fue, qué pasó?”. Asustado me respondió “¡Nada tía, está todo bien!”.
Los gestos de saludo varían en todo el mundo. Desde sacar la lengua en el Tibet, levantar una ceja en Micronesia, tocarse la propia cabeza con los nudillos de la persona mayor mientras uno se arrodilla como señal de cortesía en Filipinas, o chocar los puños en los Estados Unidos son maneras de reconocer y aceptar la presencia del otro.
El saludo indica pertenencia al grupo y por ello es una muestra de identidad. De ahí que por disgustos o separaciones “se le quita el saludo a alguien”, indicando que ya no forma parte del grupo de  las amistades. Esto puede ser molesto para la pareja del enojado, porque tiene que decidir si comparte el enojo y pierde al amigo, o  sigue saludando... y pierde al marido.




miércoles, 4 de abril de 2018

De los muertos solo lo bueno


El 31 de diciembre de 2012, los venezolanos leímos un tuit de Simón Alberto Consalvi, conocido político, historiador y periodista, que nos llamó a reflexión: “Es hora de guardar silencio”. Muchos interpretamos que se trataba de la noticia de la muerte de Hugo Chávez. El mensaje nos decía a los entendidos que no se podía hablar mal del mandatario, a quienes muchos adversamos, porque acababa de fallecer. En realidad, la noticia de su muerte se dio a conocer más de dos meses después de ese momento de silencio.
Hace unos días falleció José Antonio Abreu, un director de orquesta venezolano. Los medios digitales estuvieron llenos  de alabanzas pero también de críticas sobre el personaje desde el momento de su muerte.  Es posible que la velocidad de la noticia digital contribuya a modificar las costumbres. En efecto, una semana después, y posiblemente antes de que yo lo viera,  ya Wikipedia publicaba la fecha de su muerte.
¿Por qué sorprende el apresuramiento de las opiniones en este caso? Porque hay una norma social que dice que no se habla mal de los difuntos.  Se cree que proviene de la antigua sentencia romana “De mortius nihil nisi bonum” ‘de los muertos nada sino lo bueno’ del  espartano Chilón o Quilón (600 años AC), registrado por el historiador romano Diógenes Laercio.  En el caso de Chávez, la recomendación era pertinente no solo por respeto, sino por temor a la persecución por parte del régimen, aunque Mark Steyn, un defensor canadiense de los derechos humanos, sostiene que la sentencia no aplica en el caso de los políticos. 
La prevención parece venir también de creencias, religiosas o supersticiosas, de que el alma no se despega de la tierra tan rápidamente, y que debemos callar para que ésta pueda alejarse de los vivos y descansar en paz. Así se explica el ritual popular venezolano que lleva a los deudos a cambiar de sitio los muebles de la casa, para que el difunto pierda la orientación y se vaya al más allá.
Hay pocas referencias en los tratados de cortesía en cuanto a la norma de silencio sobre los difuntos. Apenas se dice que en los entierros se debe hablar en voz baja, al menos cerca de la urna o de los familiares.
Para Freud, la consideración hacia los muertos nos hace suspender la crítica y hablar bien de ellos. “La consideración al muerto —que para nada la necesita— está para nosotros por encima de la verdad, y para la mayoría de nosotros, seguramente también por encima de la consideración a los vivos” (Consideraciones de actualidad sobre la guerra y la muerte). 
Anthony Trollope pone en boca de un arcediano que la consideración hacia el difunto es un “proverbio fundado en la charlatanería que solo necesita seguirse en público” (The last chronicle of Barset, mi traducción).
Porque después viene la historia. La historia empieza cuando la persona fallece, porque “ya es historia”, o “la historia lo absolverá” y más acertadamente porque como dijo Robespierre,   “la muerte es el comienzo de la inmortalidad”. Y con la historia viene la crítica. A estas alturas es difícil encontrar quien abiertamente hable bien de Hitler. A Cristóbal Colón se conoce como héroe, o como villano capitalista, según la tendencia política de quien opine. Eva Perón es también un personaje contradictorio, a pesar de los esfuerzos cinematográficos de Madonna.
 ¿Qué hacer? En mi opinión, en las inmediaciones físicas de tiempo y espacio del acontecimiento de la muerte de un ser humano es oportuno a seguir a Consalvi, y a su antecesor, Quilón: es momento de guardar silencio. No bien se entre en la historia, nadie se salvará del elogio o de la crítica. Y ella depende...de la conexión a Internet.



domingo, 25 de marzo de 2018

Tiempo de oro


El tiempo es oro, dicen por ahí, y pensamos en un rey Midas a la moderna. Pero el tiempo es sobre todo la forma como transcurren nuestras vidas. 
El tiempo es parte de eso que he llamado la territorialidad. Es el espacio y el tiempo de la divinidad, el templo y el momento de oración o de recogimiento que le debemos. En lo cotidiano, es el espacio personal y el tiempo que le dedicamos a estar despiertos, a trabajar a comer, a dormir y a distraernos.
En la visita, como  ritual de acercamiento ,se invade el territorio: el espacio y el tiempo del otro. El tiempo de las visitas varía: las visitas médicas tienen fama de ser cortas; las visitas de cortesía pueden durar una hora o menos; las visitas en casa de amigos son más largas, pero no deberían extenderse tanto como para que se importune a los miembros de la casa, a menos que se nos invite expresamente a ir de excursión o pasar un día de campo, o porque las costumbres del lugar así lo determinen.
El tiempo humano empieza y termina, y se divide en lapsos. El respeto de esos lapsos, el cuidado en hacer las cosas a tiempo es la puntualidad,  algo que los latinoamericanos no tenemos muy en cuenta. En los países germanos y sajones, ser impuntual es una falta imperdonable de cortesía.
En una de mis visitas a Alemania, me buscaba para cenar en el hotel de la pequeña ciudad renana, un reconocido profesor, unos cuantos años mayor que yo. Yo estaba pendiente de la cita y bajaba corriendo por la escalera de madera justo a la hora en que habíamos quedado, pero me daba cuenta de que él siempre estaba parado afuera, esperándome. Empecé a bajar cinco minutos antes, pero no había caso: siempre estaba allí. Un día bajé diez minutos antes y me le adelanté. ¡Me pidió disculpas por su retraso!
En otra ocasión fui a dar un curso de varios meses y me acompañó mi marido. Las autoridades de la universidad nos invitaron a participar los martes al mediodía en su almuerzo semanal (Stammtisch). Nos sentimos muy honrados, porque con ello nos acogían en la comunidad académica y, sobre todo, en el grupo de amigos, a pesar de que no éramos de allí. Nosotros estábamos alojados en el edificio de la universidad que quedaba al lado del hotel. Llegábamos siempre unos minutos pasada la hora y siempre los encontrábamos a todos sentados, esperándonos para ordenar. Un día decidimos llegar antes de las 12:00. Pasó lo mismo que con mi amigo el profesor:  uno a uno se disculpaba al llegar por “su tardanza”.
En cambio, en Venezuela el tiempo no parece ser un valor. Parece pecaminoso llegar puntualmente a una fiesta. La broma general es que, si llega a la hora, se encontrará a la señora en bata de casa y con rulos en la cabeza.
Si la invitación es a un “sancocho” (una sopa de varias carnes y distintas verduras y la ocasión en la que se sirve), o a una parrilla (un asado), el tiempo se hace eterno. Recuerdo cuando se nos invitó a un sancocho, en Mérida, para que conociéramos a un amigo polaco que se integraba a una familia merideña. Por recomendación de mi padre diplomático,  siempre comía antes de cualquier invitación, por lo que yo había almorzado, pero el polaco no. Cuando a las 3 ó 4 de la tarde le sirvieron el famoso sancocho, exclamó con tristeza: “¡Pero si era  una sopa!”. ¡No podía creer que había pasado el día esperando solo eso!
A mi me ocurría a menudo cuando me invitaban a almorzar en familia. Llegaba puntualmente y con hambre. Eso se veía mal, peor aún porque  los preparativos para la comida no habían siquiera empezado al mediodía. El almuerzo se servía en la tarde. Entendí con el tiempo que la invitación era en realidad  para estar juntos, ayudar en la elaboración de las comidas y tomarse unas copas mientras se cocinaba. Aprendí también a seguir la regla de papá (comer antes) y no llegar a la hora.
Lamentablemente, eso no funciona en la vida cotidiana, mucho menos en la vida laboral, donde la puntualidad es esencial. Se llega puntualmente, incluso antes, a las citas médicas y  a las reuniones de trabajo. 
Es necesario además cumplir con los plazos establecidos: cuando se entrega un escrito para su publicación, cuando se entregan las notas de un curso, cuando se entrega un presupuesto y, mucho más importante, cuando se paga a los empleados y obreros.
He oído quejas repetidas de personas a quien el jefe no les paga porque tiene que cumplir con las cuotas de las joyas de su mujer. Los empleados vienen después.  Siempre pienso que el señor puso el dinero a producir, con lo cual le ocasiona al empleado retrasos en los pagos de su casa o de sus facturas. No solo es poco cortés, es inmoral.
El tiempo es oro porque el respeto del territorio del otro es esencial para la vida en sociedad.




lunes, 19 de marzo de 2018

Pacto social y cortesía

La cortesía forma parte del pacto social. Los seres humanos se reúnen en sociedad para protegerse contra los peligros de la naturaleza. Podría decirse que el pacto social es la expresión de lo humano frente a lo animal, de lo racional frente a lo instintivo. En cada grupo se establece un orden que regula la jerarquía, los territorios, las costumbres, las creencias y las formas de trato. El pacto social se lleva a cabo a partir del lenguaje, el instrumento humano por excelencia.
Se me pregunta por qué se debilita la cortesía en Venezuela. A mi modo de ver, esto se relaciona con el debilitamiento del pacto social. Para este debilitamiento hay dos razones posibles: la primera, es la defensa de la propia vida  a la que se ha visto obligado el individuo; la segunda es la des-institucionalización que ha sufrido la nación.
En primer lugar,  la  evidente situación de desamparo creada por los peligros que acechan a la persona la hacen alejarse de lo humano. El hambre, la falta de medicinas, la delincuencia, lo llevan a reaccionar no desde la razón, sino desde los instintos. Vuelve a la animalidad más básica, la defensa de lo propio con las garras y los dientes. Si estoy peleando por un paquete de arroz porque tengo tres hijos hambrientos, o si llevo todo el día esperando por diez mil bolívares que no compran ni un cartón de huevos, es muy comprensible que deje de usar las formas corteses de tratamiento. Si me faltan medicinas y no las consigo en la farmacia, además de una gran depresión, me acompaña quizás una gran furia que debilita mi contención. Es posible que no deje pasar adelante a la señora mayor que está detrás de mi, porque quiero llegar primero a comprar el último paquete de aspirinas. El pacto social se desdibuja.
En segundo lugar, el  debilitamiento de las instituciones, que son la expresión más elevada del pacto social, trae consigo un regreso hacia lo básico, lo presocial. A mi modo de ver, esto se observa en Venezuela. Este debilitamiento se ve en lo siguiente:
i) Por una parte, en los cambios visibles que han sufrido las instituciones del estado.  Se le cambió el nombre al país; se modificó la constitución; el congreso nacional se permutó en asamblea y se suprimió el senado; se modificaron los llamados símbolos de la patria, agregándosele una estrella, que no se entiende bien de dónde salió, a la bandera masónica de Miranda, la de las siete provincias; se cambió radicalmente el escudo nacional, se modificó la territorialidad de las dependencias que forman el estado venezolano.
La imagen de los miembros del gobierno también ha sufrido modificaciones. El traje formal tradicional de los gobernantes se sustituye por el uniforme militar, que  a su vez se desvirtúa porque lo usan los civiles; o bien se emplean imitaciones del traje de otros países y de otras épocas,  como es el traje a lo Joseph Stalin que se ve con frecuencia en las alocuciones presidenciales; o simplemente se sustituye por cualquier vestimenta de color rojo del partido único de gobierno.
ii) Con la duplicación de las instituciones tradicionales, posiblemente en tránsito hacia su sustitución:  el ejército se duplicó en los llamados colectivos, que están armados, y que se dice están allí para defender a la patria;  la asamblea nacional de 1998 se duplicó con una asamblea constituyente que ejerce, entre otras, las funciones de la primera; e) la moneda nacional tiene valores diferentes según quién la posea: la compra de divisas es distinta según el comprador.
Todos estos procesos llevan a mi modo de ver a un debilitamiento del pacto social porque el ciudadano común no sabe dónde está parado, a cuál de estos sub-estados pertenece. Con ello se debilitan también las convenciones en el trato entre los ciudadanos que cada vez más dejan de serlo, porque no son miembros de una república sino de un todo amorfo, y por ello caótico, difícil de definir. Es comprensible que las formas de trato social de la ciudadanía sufran también estos cambios.
iii) El  discurso oficial se ha vuelto menos cuidado y más violento. El insulto ha pasado a formar parte del repertorio habitual de actos de habla, el léxico malsonante puebla el discurso gubernamental. Los títulos de los escritos, programas televisivos o páginas web de los representantes del partido de gobierno expresan violencia: Aporrea, Con el mazo dando, La hojilla.
Estos cambios influyen posiblemente en el instrumento más elemental para la formación de la sociedad como es el lenguaje, su más básico medio de expresión y relacionamiento. La  cortesía es una forma de contención  a favor de la libertad, que solo puede darse en una sociedad ordenada.
¿Cómo se restablecen las buenas maneras? Al restablecer  la república. Al crear un entorno donde el ciudadano se sienta confiado y seguro y pueda dedicarse a crear, estudiar, trabajar, crecer, cuidar a su familia, a reunirse con los amigos, a tener una vida normal y civilizada.  Las buenas costumbres son una forma de militancia por la libertad. Pero no de la libertad natural, la del bruto que domina por la fuerza, sino de la libertad civil, fruto del pacto social. La igualdad es el resultado de la convención, por lo cual el respeto del otro es mi contención a favor de nuestro funcionamiento en sociedad.




sábado, 17 de marzo de 2018

El extraño y el territorio: cucaracha en baile de gallinas


Hace unos días me invitaron a la reunión de una universidad montevideana  “para conocerme”, con la posibilidad de dar algunas clases. Llegamos temprano y mi amiga, con su savoir faire de diplomática de profesión,  me presentó a dos jerarcas, un hombre y una mujer. Estaban parados en el patio, fuera del local que algunos jóvenes miembros del equipo arreglaban con gran esmero: un entorno de empresa moderna, con after-office-happy-hour muy bien surtido. 
 Mi amiga me presentó y los anfitriones balbucearon un “muy interesante”. Eso era, posiblemente. Yo tenía el pelo corto,  unas canas más que los presentes (ninguno de esos estilos se usa en el entorno) y tenía un acento extraño. Después del fugaz saludo y al irse mi amiga a cumplir con un breve compromiso, los anfitriones se esfumaron. El de más alta jerarquía se fue a sentar adentro en un cómodo sofá. 
Me dejaron parada afuera. Apelé al celular para que me hiciera compañía. Los que llegaban se encerraban en barreras defensivas y me miraban de reojo. Conversé por algunos minutos con un chico alerta y agradable, pero los demás seguían mirándome, perplejos.
  Al fin,  decidí hacer lo que recomiendan los manuales para empresarios: presentarse y “meterse” en el grupo. Lo hice y funcionó: las mujeres que conversaban en un grupo,  por cierto todas del interior del país, fueron amables y acogedoras. Salvé el rato. Cuando regresó mi amiga, yo estaba hablando animadamente, haciendo equilibrio en una silla de bar de una de las mesitas de adentro.
No se trata de clases sociales. A menudo, en Uruguay, percibo a la gente más sencilla como más amistosa. Los  del interior parecen más cosmopolitas, mientras que los de la capital son tímidos y recelosos;  “montunos”, como dicen en mi tierra. En las reuniones, la gente se precipita a saludar con un beso violento y rápido, y sale a refugiarse en la valla de su grupo.  Lo mismo lo veo en la calle, entre los jóvenes. Se saludan bruscamente y corren, sin detenerse ni un momento a hablar entre ellos. Como si siempre tuvieran entre manos algo importantísimo.
Recordé una reunión en Austin, hace algunos años, a donde fui con mi marido, también sin conocer a nadie. Desde que llegamos, la gente se nos acercó y nos separaron con amenas charlas. Las señoras se turnaban en acercarse a mi;  parecían interesadísimas en mi profesión, mi proveniencia, mi familia, mis planes de futuro. Comimos y bebimos juntas. La noche se me hizo cortísima y muy divertida. Nunca había estado en una fiesta entre gente extraña donde me hubiera sentido tan a gusto. No supe en toda la noche con quién, ni de qué, ni cómo hablaba mi marido. Habló hasta por los codos, en su —para el momento— pobre inglés. Salió encantado.
En otra ocasión,  en Chicago, fuimos parte de un casamiento. Tampoco conocíamos a nadie: la familia nos estaba siendo presentada por primera vez. En un segundo estábamos haciendo origamis (que yo nunca había hecho) y hablábamos  con  los presentes. Al día siguiente, en la boda, se nos acercaban los jóvenes a preguntarnos qué hacíamos en nuestro país, qué nos parecía el lugar —Promontory Point en el Parque Burnham—, la ciudad, o el hermoso lago Michigan. Nos acogieron en su grupo.
Es natural que en las reuniones sociales la gente que se conoce quiera estar junta, porque hace tiempo que no se han visto, porque quieren continuar con el chisme de la mañana, porque se sienten más cómodos entre ellos y porque es un reto interactuar con extraños. Sin embargo, socialmente, al extraño se le acoge. Los manuales de cortesía indican que el anfitrión debe estar pendiente de que sus invitados encuentren compañía. Deben hablar con ellos y luego encargar a otra persona de su confianza a que los integre a la reunión. En general, cualquiera de los miembros del grupo puede hacerlo.
Por otra parte, cuando se llega a un lugar donde no se conoce a nadie, hay que perder la timidez e insertarse lo más rápidamente. No queda otra que presentarse, diciendo el nombre y ocupación,  la empresa a la que se pertenece,  mencionando el interés de la reunión, o hablando del tiempo.  Nunca de religión o política, claro está.
Las reuniones son ocasiones para romper, momentáneamente, las barreras territoriales. El esfuerzo de integrar al extraño debe venir de parte de los anfitriones. El de la casa acoge al visitante. Pero a la vez, y sobre todo en caso de que esto no ocurra, el visitante debe procurar insertarse en el grupo. De lo contrario, fracasará en su cometido, y se sentirá como cucaracha en baile de gallina.


La imagen fue tomada de la Clase del Señor Gallardo.
http://srgallardosclass.weebly.com/spanish-3.html




domingo, 11 de marzo de 2018

El territorio

La imagen es de National Geographic España

Si la imagen es sagrada, como dice Durkheim en Formas elementales de la vida religiosa, también lo es su territorio, su templo. La entrada al templo está regulada por ciertas rutinas, como quitarnos el sombrero, el velo en la cabeza, la inclinación hacia la divinidad, el silencio respetuoso. Del mismo modo hay reglas para entrar en el templo privado.
La visita es una intromisión en el espacio privado. Este espacio puede ser la casa, el apartamento, la oficina o el cubículo. Es una intrusión también en el tiempo, porque de rigor debemos dedicarle a la visita nuestra atención y nuestro tiempo desde que llega hasta que se va.
El visitante debe anunciarse por cualquier medio a su disposición: teléfono, email, mensaje de texto. Elemental es esperar una respuesta favorable de que la persona a cargo del espacio visitado está dispuesto a recibirnos.
Hay regiones en las que la visita de la persona de confianza, léase familia o amigo íntimo, no requiere de anuncio, como en los Andes venezolanos. Sin embargo, se trata de esos amigos-hermanos cuya presencia no es una complicación, sino una ayuda. En el Páramo, por ejemplo, los visitantes llevan pan dulce, unos huevos, o leche fresca a las casas que los reciben a diario. Otras visitas más extendidas requieren de un “tiempo sagrado”, como el de la Semana Santa, o la Navidad.
Carreño proponía horarios de visita: después de las cinco de la tarde, la familia podía suponer que iban a llegar los visitantes y debía vestirse para ello.  En la mañana, la casa estaba dedicada a la limpieza, la preparación de las comidas, las compras, etc.
En estos tiempos, los horarios han perdido su nitidez, porque también se han diluído en gran medida los límites entre el lugar de trabajo y el hogar. Los teletrabajadores necesitan su espacio y su tiempo para lograr completar sus tareas. Esto ocurrió siempre con las casas donde se hace vida académica. Los profesores trabajan los fines de semana  en preparar sus cursos, de modo que el respeto al tiempo y al espacio privados son de rigor.
La visita es una intrusión limitada. Por ello es recomendable no quedarse demasiado tiempo, a menos que hayamos sido invitados a ello de antemano. Si se llega poco antes de la hora de las comidas, se pone al dueño de casa en el aprieto de tener que invitar a comer al visitante, lo cual a veces le significa un sacrificio y  le entorpece su rutina. No proponga esas horas de visita, a menos que el dueño de casa lo invite expresamente a almorzar, o cenar, o merendar. En Francia se acostumbra incluso a invitar al aperitivo de antes de la comida, con lo cual se sobreentiende que usted debe irse al finalizar este obsequio.
También hay restricciones con respecto al espacio. Las casas de habitación y los apartamentos tienen una sala dedicada a las visitas. Las oficinas ofrecen sillas a los visitantes, quienes nunca ocuparán el sillón del escritorio. La intimidad permite llegar a la cocina, si se es invitado a ello. Entrar a los dormitorios es cuestión delicada, puesto que es el lugar más íntimo de la persona. La estrechez de espacios de la modernidad hace que los niños tengan en el dormitorio su lugar de juego, por lo que sus amigos son bienvenidos.
La visita inoportuna puede encontrarse o con una mala cara, o con una escoba detrás de la puerta; incluso podrán ver en la puerta una figurita de San Silvestre. En todo caso, hay que hacerle entender cortés pero firmemente al visitante, que su presencia no es bienvenida y que debe respetar las reglas de los rituales sociales de la comunidad.



Dignas, pero de pie

El ómnibus se detuvo cuando nos vio caminando apresuradamente; no podíamos correr. Todavía estábamos lejos. Mi hija empujaba el cochecito d...